LOS MONOLOGOS DE EDIPO, HAMLET Y SEGISMUNDO
Una mirada, apenas sencilla, encuentra similitud entre estos tres monólogos. Una mirada inquisitiva descubre, paso a paso, más hondas semejanzas. Es necesario, sin embargo, extraer de la acción dramática los tres monólogos y colocarlos, como en un triángulo, a que se miren frente a frente, se reflejen unos en otros y se difracten de nuevo.
Así habla Edipo:
¿Cómo mirar podría con mis ojos vivientes, cuando descienda al Hades, a mi padre y mi madre, si cometí con ellos delitos que no expío ni con estrangularme? Nacidos como fueron, ¿podría serme grata La vista de mis hijos? No podría mirarlos Con mis ojos, ni a ellos ni a la ciudad tampoco, Ni las torres, ni el sacro símbolo de los númenes. Yo me privé de todo, cuando por malventura -siendo el más connotado varón los tebanos- ordené que expulsaran a aquel a quien los dioses declararon impuro, descendiente de Layo. Después que he conocido que soy esa impureza, ¿podrán mirar con vida mis ojos a mi pueblo? ¡Jamás! Y si pudiera cerrarme los oídos para que nunca oyera, también me privaría de oír, que de ese modo sería ciego y sordo. Es dulce para el ánimo sustraerse a los males. ¿Por qué me recibiste, Citerón? ¿Por qué al punto morir no me dejaste? Ahora no tendría que confesar mi origen. ¡Oh Pólibo, oh Corinto, oh moradas antiguas que yo llamé paternas! ¡criasteis en mí hermosura, máscara de vergüenza! Ahora soy perverso nacido de perversos. Oh tres senderos, valles ocultos, selva espesa, Paso a la triple ruta, ¿vosotros que bebisteis Por mis manos mi sangre de mi padre, mis crímenes, que cometí en vosotros, recordáis? Oh Himeneo, Oh, Himeneo, me diste tú la vida. De nuevo Fecundaste la misma simiente y engendraste Padres, hermanos, hijos -todos estirpe idéntica- Esposa al par que madre, las ignominias todas que pueden los mortales concebir .
Así habla Hamlet:
Ser o no ser: esa la duda. Ah, pero ¿qué sería Más digno par el hombre, o soportar los golpes De la afrentosa suerte, o levantar las armas Contra su mar de oprobio y oponerse y vencerla? Es el morir un sueño; no más, eso tan sólo; Y con dormir tal sueño terminarán las penas del corazón y toda la herencia de conflictos de la carne. ¡Qué sacra consunción deseable! ¿Morir, dormir y luego dormir...? ¡Soñar acaso! ¡He allí el impedimento...! Pero será forzoso considerar qué sueños suceden a la muerte, una vez liberados de vivir. El respeto a ese paso prolonga los tedios de la vida. ¿Quién padecer podría los desdenes del mundo las injurias del déspota, la adustez del soberbio, los crueles desengaños del amor, las demoras de la justicia, el agrio poder de gobernantes y las humillaciones al mérito paciente, si con sólo una daga se consigue el reposo? Ah, ¿quién soportaría vivir entre gemidos Y arrastrar los afanes de un existir cansado, Si no es por este miedo de un algo tras la muerte, Esa ignota comarca de donde no ha tornado Viajero? Nos confunde tal miedo y nos obliga A sufrir estos males, en vez de buscar otros En lo desconocido. Siempre así la conciencia A todos no aterra; la decisión claudica Frente a la turba pálida de razones dudosas; Se anula toda empresa de aliento y se pervierte su curso, y nada tiene nombre de acción...Ah, cállate... ¡Es la preciosa Ofelia!
Así habla Segismundo:
Es verdad; pues reprimamos Esta fiera condición, Esta furia, esta ambición Por si alguna vez soñamos: Y sí haremos, pues estamos En mundo tan singular, Que vivir solo es soñar; Y la experiencia me enseña Que el hombre que vive, sueña Lo que es, hasta despertar. Sueña el rey que es rey, y vive Con este engaño mandando, Disponiendo y gobernando; Y este aplauso, que recibe Prestado, en el viento escribe; Y en cenizas le convierte La muerte (¡desdicha fuerte!): ¿Que hay quien intente reinar, Viendo que ha de dispertar En el sueño de la muerte? Sueña el rico en su riqueza, Que más cuidados le ofrece; Sueña el pobre que padece Su miseria y su pobreza; Sueña el que medrar empieza, Sueña el que afana y pretende, Sueña el que agravia y ofende, Y en el mundo, en conclusión, Todos sueñan lo que son, Aunque ninguno lo entiende. Yo sueño que estoy aquí Destas prisiones cargado, Y soñé que en otro estado Más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí: ¿Que es la vida? ¿Una ilusión, Una sombra, una ficción? Que cualquier bien es pequeño. Que toda la vida es sueño Y los sueños sueños son.
Hay un tono común -el más evidente- en los tres monólogos: la vivencia de la fatuidad del hombre. Las vidas personales de los tres son una caída en el abismo dela incertidumbre. El sentido de la vida se les oscurece. La sinrazón surge preponderante. La cárcel de piedra en Segismundo es apenas alegoría externa, que se puede extender a Edipo y a Hamlet. Edipo es un prisionero de sus dudas, lo mismo Hamlet y también Segismundo. Por eso se interrogan, buscando respuesta, no fuera de ellos, sino en su propia trama interior. Literalmente, en sus soliloquios predomina la pregunta: "¿qué sería más digno para el hombre?", inquiere Hamlet. "Después que he conocido que soy esa impureza, ¿podrán mirar con vida mis ojos a mi pueblo?" demanda Edipo. "¿Qué es la vida? ¿Una ilusión, una sombra, una ficción?" cuestiona Segismundo. La interrogación, pues, además de un trazo estilístico, es una mazmorra de signos y es un símbolo de sus ánimos. Desde esta cárcel de interrogaciones se proyecta una dimensión más abismal: Se interrogan a sí mismos, pero no simplemente, sino como si en ellos hubiera dos hombres. Se transparenta, entonces, su fractura interior. Hasta poco antes se creían seguros, prepotentes, audaces. Había identidad sólida dentro de sus personalidades. Sin embargo otro hombre se escondía en ellos y ese hombre, que venía surgiendo sigiloso, irrumpe ahora para escindir la conciencia. A ese interrogan y con ése combaten. Tal es la realidad subyacente de los monólogos. Cada uno es un diálogo agónico entre dos hombres y dentro de una misma conciencia. Esta quiebra íntima en Edipo adquiere un patetismo hórrido: "y si pudiera cerrarme los oídos". "Ser o no ser", increpa Hamlet. "Que el hombre que vive, sueña lo que es, hasta dispertar", asevera Segismundo. Así, mirándose la otra cara, descienden a su esencia humana, contemplan su poquedad y comprenden que bajo sus vestiduras de príncipes no son sino hombres en quienes el conflicto se retuerce. ¿Qué son, entonces, sus vidas? Es nada para Hamlet, ficción para Segismundo, perversidad para Edipo. Los tres avanzan dentro de sí mismos sin temor a comprender más y más sus naturalezas. Pronto se hallan ante el abismo de su desesperación. A Hamlet el miedo de la trasmuerte lo paraliza; Edipo se somete a su moira; Segismundo se resuelve a seguir soñando. Tras este paso penetran los tres a los linderos de la muerte, de tal modo que la vida y la muerte, como dos caras de una misma condición humana, hacen de sus monólogos diálogos con la vida y diálogos con la muerte. Vida y muerte, en ellos se entreveran, como realidad existencial más que como meditación mental. El resultado vital de este descenso delos tres príncipes hasta sus desencantados corazones es sustraerse a la vida cotidiana, que ya aborrecen por vana, engañosa y doliente. Los tres se acogen a la soledad, soledad entre los vivientes, soledad frente a sí mismos. La soledad será su sobra, su presidio y su ceguez. Cuando Edipo intenta mirar fuera de su solead, "Oh tres senderos [...] Oh Himeneo", hacia instantes que le significaron una dicha, es para contemplar en contraluz la presente ignominia. Cuando Hamlet contempla el universo por fuera de su soledad es para encontrar "los desdenes del mundo, las injurias del déspota..." Cuando Segismundo también mira hacia fuera es par repetir "yo sueño que estoy aquí, destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi". Por otro lado es significativo anotar que el sueño -como metáfora- incide sobre los tres monólogos: en Segismundo el sueño forma el núcleo de la meditación y es iteración en todo el drama. Hamlet dice: "Es el morir un sueño..." Etc. En Edipo el soñar está implícito. Cuando recuerda el Citerón, el Himeneo y el triple camino, es como si entendiera que ha soñado. Su ceguera, además, es la realidad de quien se encierra dentro de la mente. Asimismo en versos anteriores -preludio del monólogo- habíase dicho Edipo: "Ah oscuridad tremente, indecible, indomable, que sobre mí se ensaña cual nube borrascosa". Al comprender la metáfora del sueño se llega a la entidad de los monólogos. Desde esa hondura, cuando ya los tres príncipes se han comprendido mirándose su otra cara, se saben que no son sino fantasmas vivientes. Por ello mismo estos monólogos son sentimiento vivencial de la fatuidad humana. Sin embargo, en los tres monólogos también se evidencian enfoques diversos. En Edipo es un acentuado episodio personal de ignominia. Hamlet se extiende -mediante síntesis verbales- a revisar los estadios de lo insufrible. Segismundo se coloca en un plano de más abstracción. Esas divergencias son naturales dentro de la acción de cada drama. Todo Edipo Rey se mueve tras el descubrimiento del asesino de Layo: Edipo, el parricida, se va revelando a sí mimo hasta encontrarse pecador. Edipo queda solo con su infamia, aunque se convierta después en símbolo de la inestabilidad de lo temporal. Hamlet, como drama, es la representación de un palacio corrupto, en el que el gobierno se ejerce mediante alianzas impuras y en el que todos se someten al usurpador. Ello da el tono a su monólogo: allí se traduce la magnificencia en toda su negrura. Segismundo ha conocido una cárcel, se le lleva de repente a un palacio para convencerlo de que es el heredero: su monólogo concentra todo ese vaivén entre presidio y trono y presidio. Así, pues, la meditación de Edipo se circunscribe a su horrura frente a los hombres, la de Hamlet a su impotencia frente a la corrupción del país, la de Segismundo a su desconcierto frente a la existencia: la acción, pues, que se desenvuelve dentro de cada drama, los conduce a un concreto tipo de monólogo. Maestría de los tres dramaturgos es haberlos hecho consecuentes con sus vidas, y a través de su dolor, haberlos volcado en esas palabras en las que el sufrimiento, la muerte, la eternidad resuenan desde Tebas, Dinamarca y Polonia, como truenos de pavórica desolación. ¿Qué centro de gravedad tienen los soliloquios dentro de cada uno de los dramas? ¿Son una condensación del tema? ¿Son un clímax dramático? ¿Son una necesidad psicológica en los tres atormentados príncipes? Todo esto son los tres monólogos. Pero al contemplar los dramas desde cierta distancia se observa que los tres personajes vienen luchando agónicamente contra sus padres. Las figuras paternales son las que siembran el combate: Layo, Hamlet, Basilio: esas tres figuras son como espectros antes los ojos delos príncipes: es evidente en Hamlet: el espectro de su padre lo instiga; Edipo huye de Layo porque un oráculo le ha vaticinado el parricidio; Segismundo mira a Basilio como a un rey que entreconoció en una duermevela y que lo atormenta con incertidumbres. Esta lucha agónica contra los padres los arrastra hasta un instante en que conjurado todo contra ellos se sumergen en íntimo diálogo. El hecho es que ante sus padres se han vivido peguntando por la realidad de sus existencias. Cuando las circunstancias concretas se arremolinan, sobreviene la hora en que el tema se condensa y una necesidad psicológica los adentra en el clímax dramático de los monólogos. En la conciencia de los dramaturgos estaba que en los monólogos se alquitara ya la energía poética a punto tal que resaltan como unidades casi autónomas y como silabarios estéticos de los respectivos dramas. La historia literaria y la voz popular lo confirman: las palabras, las imágenes, los versos de estos monólogos son concreciones de la lírica psicológica. A pesar de su intenso lirismo son ejes de la acción. Ya al considerar a los monólogos como caballetes del drama emerge la inquerencia: ¿qué fuerza depositan para el desenlace? Los monólogos ocupan preciso centro de gravedad en la acción. En Edipo el monólogo está colocado en el éxodo y conduce al final. El coro dirá, cerrando el drama: Habitantes de Tebas, mi patria, pensad ahora que Edipo, este que veis, conocía famosos enigmas... Hoy en qué tempestad... El monólogo encierra la vida total de Edipo. En él se señala su futuro: marchar a solas con su ignominia y, por el acatamiento a su moira, expiar su impureza. De allí se prolonga el otro drama que Sófocles crea con Edipo en Colona. En Hamlet -el más irreligioso de los tres y el más perdido en su propio laberinto- se trasluce que la muerte ha de ser su destino. El no la toma voluntariamente, pero le acaecerá por extraño puñal, casi como la mala hora ineludible. Para él no hay otra salida: en su monólogo el aniquilamiento merodea como un déspota. En Segismundo la vivencia -situada en el colofón de la segunda jornada- indica que el estado del hombre es como un sonambulismo. Así, dirá al concluír:
¿qué os admira? ¿qué os espanta si fue mi maestro un sueño, y estoy temiendo en mis ansias que he de dispertar y hallarme otra ve en mi cerrada prisión?
Las trayectorias posteriores de los tres príncipes -orientadas ya, como se ha visto, en sus monólogos- dan, en definitiva y por el tono de esos soliloquios, la melodía a los dramas: Edipo se resigna, Hamlet se destruye, Segismundo se atempera. Son las filosofías que se sienten a lo largo de las líneas de los monólogos, y que no pueden atribuirse a los dramaturgos, sino a la realidad psíquica de los tres príncipes que, con sus respectivas concepciones de lo humano, descendieron, a través del dolor, hasta sus ánimos para contemplar la fatuidad del hombre.
VIEJOS AMIGOS FRANCESES
Julio 5 de 1965 Viejos amigos franceses. A ellos quiero consagrar este momento de memoranza intelectual. El más antiguo es el inmenso Víctor Hugo que conocí inicialmente a través de don Andrés Bello en el poema de La oración por Todos y que yo leía o en El Tesoro de la Juventud (primeras ediciones llegadas a Cali) o en las selecciones de El Castellano en los Clásicos. En días pasados volví a gozar de esa lectura en uno de los tomos de la Biblioteca Popular de D. Jorge Roa. Más adelante, con los años adolescentes, me adentraría por la densa ciudad de Los Miserables o, en un abrigo campestre, dejaría fluir las estrofas del Retorno de Olimpio, poesía ésta que, con la Villa de Laertes en Homero, el "Beatus ille..." de Horacio, y el "Qué descansada vida..." de Fray Luis, tributa elogio perenne al sosiego del campo. Pero la trepidante palabra de Víctor Hugo fulguraba en su Caín perseguido dondequiera por la irresistible mirada de la conciencia. Después (¿quién no lo recuerda?) vino el aprendizaje del francés y la memorización de las fábulas de La Fontaine. Ah "Maitre Renard…! El profesor de esta asignatura fue el célebre Troco (Padre Troconis), cuya mansedumbre de ahora trasciende en conquista interior del santo sobre su recio carácter santandereano. En esa época no hubiera podido escrutar el Telémaco de Fenelón -además de que mi educación no se orientaba al difícil arte del gobierno de pueblos- aunque después lo he leído con el propósito de ver cómo Fenelón completaba el bosquejo que de Telémaco, en inmortales rapsodias, trazó la Odisea. En los griegos y en los franceses he aprendido una norma para mi avatar intelectivo: un mucho de razón sin que aridezca, un tanto de imaginación sin que ofusque y un poco de sentimiento sin que amelindre. Y es que en un periplo por el ágora helénica y por el foro romano, me condujeron, a guisa de preceptores, las cuidadas ediciones críticas de los humanistas sorbonenses, ediciones príncipes a las cuales más que menos confluyen las demás de otros centros universitarios. Una de las primeras novelas foráneas que leí -después de La María, La Vorágine y El Alférez Real- fue Mirentchu de Pierre Loti, fresco relato de la vida vascuence. Esta delicada figura después la he unido a esa otra más viviente más definitiva -aunque anterior en el tiempo- de Mireya y que solo ahora comprendí plenamente cuando mis ojos recorrieron asombrados las campiñas de Provenza, campiñas meridionales que esta doncella iluminó con su eclógica hermosura. En esas regiones de la "galejade" también me asaltaban por las carreteras las figuras de Daudet y James, y en veces escuchaba un aire marcial como si empezara a armonizar en el viento el triunfal ritmo de La Marsellesa. Lamartine me guió también por los campos de la lírica hasta El Lago, en cuya atmósfera memorizé las solemnes estrofas de La Plegaria. Al leer a Musset no podía menos que mirar hacia la carne juvenil, tan dolida como la suya y en la que, apasionada y gimiente, se encontraba también Dios. Rimbaud y Beaudelaire y Verlaine, los satánicos, me enseñaron una estética prismática que después entendería más geométrica en Valery más hermética en Mallarmé, y más condensada, esotérica y hasta oceánica en Saint John Perse. Sería largo ir enumerando uno a uno los libros franceses que he leído. A veces un autor, sin toda la fama de un clásico, define la ruta de un hombre. Para mí es el caso de Descoqs, en quien hallé la única prueba satisfaciente sobre la Infinidad de Dios y que él había escrutado en Anselmo y Suárez, pero a la que había dado toda la diáfana claridad del pensamiento galo, virtud que se inicia en Abelardo, se aquilata en Descartes y se engrandece en Pascal. Siempre he pensado que a París lo diseñó Descartes. Esto se me confirmaba tenazmente al pasearme en el otoño último por la Place Véndome, por los Campos Elíseos o por los Bulevares de La Opera. La exacta altura de los edificios sin que unos desplacen a los otros, la proporción de las calles respecto a aquellos, el ritmo de los pórticos en la Rue de Rivoli, la andadura de los árboles y el escorzo de las estatuas en Las Tullerías, todo ello emana de la videncia clara sobre la que Descartes hace descansar la certeza como ejercicio inequívoco del cogitar. Abelardo es en la remota y formidable Edad Media, -como la bautizó Verlaine- uno de mis rectores, por todos los avatares de su trama vital que me seducen, y que son una lid en conquista de Dios y en pesquisa del mundo, drama milenario que se proyecta sobre el corazón de cada mortal, pero que en su atmósfera de abadías, amores, infolios, hace de Abelardo un cruzado de la verdad y símbolo del hombre concreto. Fue Alexis Carrel, médico célebre, quien me introdujo a Abelardo por allá en mis mozos años de bachillerato. Pascal es para mí la más profunda mente de Francia. Basta recorrer a Clermont-Ferrand y merodear por las reposadas calles que él merodeó y asistir a la cóncava iglesia en cuyo ámbito él oró, y ascender al clante Puy-de-Dome al que él ascendió; tierra de volcanes, la de Alvernia, en el subsuelo, tierra donde se citan todos los vientos de Galia, tierra donde maduran las más edénicas manzanas para sentir la delicada alma pascaliana en toda su mesurada energía borrascosa. En ese Clermont-Ferrand yo volví a recordar y visité el castillo que escenario fue de El Discípulo, una de las crónicas sentimentales más trágicas de mi juventud y que despertó en mí una veneración por Bourget que nada eclipsa, ni siquiera el olvido desdeñoso con que ahora lo miran quienes en él aprendieron modernamente a tratar los círculos del infierno psicológico. Podía seguir. Pero hablaré de Voltaire, tan difamado por los curialescos del pacatismo, en una hora en que a lo religioso se mezclaron tantas pasiones políticas y en que la misión estrictamente espiritual de la Iglesia no se había aún desabroquelado de los poderes temporales. El rencor de Voltaire contra la Iglesia talvez podrá explicarse si se entiende esa hora sombría; él era un hombre cándido ante la vida que usó de la sátira, arma de pusilánimes o de ociosos dotados de excepcional inteligencia. He buscado, entre los franceses, la compañía de ortodoxos y heterodoxos, aunque esta distinción no me agrada mucho. En la cultura -como en religión que es altísima expresión de cultura- se ha de ser ecuménico. Todos los caminos, excepto, eso sí, los de la vileza, conducen a la verdad. Tal ocurre con Sartre, que tanto he estudiado y sobre cuya ontología fenomenológica confeccioné una tesis de grado. Su pensamiento no es tan niquilista, ni su descripción tan nauseabunda, como superficialmente aseveran puritanos e inquisidores. Sartre constituye a pesar de sus errores, -un tremendo testimonio- de hurgamiento en la condición humana contemporánea de ciertos núcleos sociales. Leerlo con frialdad es comprenderlo mejor y así debe hacerse con todo heterodoxo. Y aquí me asalta Renán, peregrino de una certidumbre divina que va de San Sulspicio a la Acrópolis y de la Acrópolis a Belén, siempre en pos de una sencilla paz, él que escribe con tersura y sufre con turbación en medio de su soledad tan llena de ideas. ¿Que Renán quiera racionalizar lo divino? ¿Que Renán quiera desdivinizar a Cristo? Renán es una potente reacción, exagerada sin duda, contra el exceso de teologismo, escolasticismo y dogmatismo. Después de Renán, en Francia, vinieron grandes humanizados teólogos, como Grandmaison a estudiar en nuevas luces la realidad de Cristo y la obra de la Eclesia. Pocos años atrás Daniel Rops ha publicado su monumental biografía de la Iglesia, yendo hasta los orígenes del génesis y avanzando hasta esta Iglesia social que ahora, más que antes, se irradia con amplia comunión universalista. Renán fue necesario para la evolución del pensar religioso. Todo heterodoxo lo es. La evolución religiosa también necesita de los heresiarcas y ha precisado de las apostasías para recalar de tiempo en tiempo, en su propia conciencia y realizar un examen íntimo en procura de convenientes rectificaciones. Ahora estoy precisamente estudiando el fenómeno del jansenismo que se asiló en Port-Royal y en cuyas milicias se alistaron fulgentes intelectuales de la época. A este estudio me ha llevado Montherlant, el hondo dramaturgo contemporáneo. Algunos opinan que con velada Majestad Racine aludió en su Fedra a la problemática de la pasión pecaminosa frente a la salvación eterna. Mi educación jesuítica -fueron los jesuitas acerbo inpugnadores de las doctrinas de Jansenio- siempre me colocaron contra los jansenistas. Hoy no miro tan torvamente a los jansenistas. Y sigo venerando a mis maestros a quienes tanto adeudo en mi formación de la inteligencia, corazón y voluntad. La lista de los viejos amigos seguiría acreciéndose. Camus, el inconforme, me condujo hasta los hórridos puertos de la desesperanza. El era un extranjero en busca de patria, pero no de la patria terrena que amó con angustia, sino de otra que con mística elación escrutaba entre sus páginas de exilio y a través de sus personajes sufrientes. El otro mundo, el que surge por sobre el pecado, ese mundo de la gracia, horadado fue por Mauriac y también por Bernanos, eligiendo éste a escogidos de Dios que luchaban contra la sombra de su congoja y contra la sombra lumínea de Dios. Cómo contrasta esta lucha con las seductoras teorías que en su Emilio preconizaba Rousseau, o que en su optimismo filosófico auguraba Comte para la evolución humana. Ya Balzac en su gigantesca obra había empezado a destruir los ídolos idealistas; y el mismo Flaubert, en más reducida dimensión, también describía la urdimbre viciada de las almas cómodas. En Balzac sobretodo y también con Flaubert, resplandecen duramente los primeros trazos de la implacable crítica que en estas últimas décadas se ha afinado contra las situaciones de hipócrita burguesía. Ese cosmos de la introspección psíquica había tenido en La Bruyére su primer compilador; en Taine -con todos sus estudios estéticos- el gran filósofo; y en Balzac el soberbio novelista. ¿Pero y Montaigne? ¡Ah! El Señor de Montaigne es con sus ensayos convite intermitente en el ansia de reposar la inteligencia. Su calma prosa, su erudita hondura -porque es rara la erudición aliada a la hondura- su capacidad de análisis de las situaciones humanas lo destacan como escritor sin agonía, dando a este vocablo su doble sentido! Que Montaigne no suscita zozobra sino serenidad y que Montaigne permanece por sobre las modas literarias. Esto último no le ocurre tanto a Chateambriand que, a pesar de su genio, se dejó arrollar por la ola altisonante que creó para satisfacer la grandiosidad romántica de la hora. Un poco de esta hinchazón ha sufrido León Bloy, aunque su elocuencia no es en el sentimiento como la de Chateambriand, sino en la hirsuta aspereza. Pero el grito esténtoreo de Bloy debía despertar a muchas mentes hacia una lucha de ideas. En torno a su figura de orso bíblico se congregarían personajes como Maritain, Peguy, Bergson, Van der Meersch, para inquirir de nuevo sobre el auténtico cristianismo. Mucho había de significar para ellos, hombres de un siglo burgués, ese movimiento universal que antes sobre una perspectiva histórica, había examinado Bossuet en su célebre Discurso de la Historia y que Lacordaire había exaltado con apasionado ardor en Notre Dame. Apollinaire con su verso impresionista y aragón con sus melodías familiares y Eluard con su cadencia penetrante siempre me han recordado el sol que cae sobre Montmartre. Ellos pertenecen a ese recodo del arte que ningún artista del mundo deja de pasear así sea sólo con la imaginación como cada vez que se entra a una catedral gótica -Chartres o Rouense recuerda la otra mayor, sita en Reims, en donde resuenan los solemnes versículos de Claudel, acento de profeta y música de alondra. Gide era otra de esas mentes que se apacentaba en las sinfonías de la naturaleza pero que también buscaba alimentos celestes. Su nombre y el de Claudel van unidos en larga correspondencia espiritual. He olvidado a Corneille, tan enorme, y a Moliére, tan profundo. El tiempo como "mentor" -lo diría Corneille- es "ávaro"- lo aseveraría Moliére. Así termino, con un espumoso humor como ese que espejea en las champañas y en los cancioneros. Cancioneros de ahora salpicados de música irónica y cancioneros de antaño. ¿Y no se burló Rolando con su cuerno allá en Roncesvalles, de los sarracenos? Allí comienza el fino humor que canta en los nocturnos cancioneros del presente. Francia es una, desde Vercingetorix hasta Juana de Arco, desde Juana de Arco hasta Richelieu desde Richelieu hasta Napoleón desde Napoleón hasta Clémenceau y desde Clémenceau hasta De Gaulle. Y en ella estos amigos que he recordado, otros que podría recordar y que me son caros, Proust, Cocteau, Rolland, Green, Marcel; y muchos en las artes y esos tan personales que he conocido en ciudades memoriosas a lo extenso de Francia y aquí en mi amada villa de Cali. Si alguien pudo hacer una síntesis del hombre francés fue Teilhard de Chardin, pero prefirió hacerla del hombre total y del universo íntegro. Qué mente tan prodigiosa, gran postrer amigo en las disquisiciones humanísticas.
Quel bonheur, mes amis. Merci bien. |